Cuando comunica la palabra a ese pequeño grupo, el catequista no es un disertante, un genial investigador que explica su ciencia. No es un catedrático que lee sus apuntes profundísimos, ni es un especialista que trata de demostrar sus argumentos. El catequista es un maestro, un pedagogo que dedica la mayor parte del tiempo a preparar los corazones con una ambientación correcta, con una motivación adecuada; y luego de una breve exposición, procura llevar a los catequizandos a reaccionar ante la palabra expresando lo que han recibido en alguna aplicación práctica, personal y comunitaria. Trasmite la palabra con el método y las actitudes del docente. Por otra parte, el catequista es un docente, pero no al modo de un profesor de teología, que dedica una buena parte sus horas de clase a exponer, y que debe dar prioridad a los contenidos. Si bien la tarea docente de teología puede ser más o menos pedagógica, participativa, con una dimensión espiritual y existencial, sin embargo siempre deberá explicar contenidos conceptuales con profundidad teológica, deteniéndose a exponer los fundamentos y la lógica de sus afirmaciones. En el catequista esto no es ciertamente lo principal (aunque en una catequesis de adultos debe estar más presente algún desarrollo especulativo). En la catequesis interesa asegurar unos contenidos básicos, pero en cada encuentro catequístico -sin excepción- se procura que las personas tengan ante todo un encuentro personal y comunitario con la palabra de Dios que profundice su conversión y las oriente a crecer en la oración y en un mayor compromiso cristiano. En este proceso tiene gran importancia la metodología, el uso de recursos, dinámicas, motivaciones, aplicaciones, formas de la acción, signos, etc. Se trata de que los contenidos básicos que se pretende trasmitir sean fácilmente captados y valorados por los catequizandos. De hecho, cuando se usa el adjetivo “catequístico”, normalmente queremos decir que es algo fácil de comprender, claro y atractivo. Sin embargo, cuando hablamos de un ministerio catequístico, todo esto implica también un orden y una planificación, como de hacer cualquier buen “maestro” buscando un proceso en etapas. Es cierto que una madre también es catequista a su manera, y es necesario que así sea. Es más, podemos decir que es la primera catequista. También es cierto que en el pueblo de Dios hay muchas formas valiosas de catequesis “popular“, espontáneas, no organizadas. Pero cuando hablamos de un “ministerio catequístico” pensamos en una catequesis organizada y constante, que implica una continuidad, un orden, una preparación, una metodología propia y una planificación propia de quien asume la función de “maestro”. Pbro. Víctor Manuel Fernández Este texto forma parte del folleto “La identidad específica del catequista”, subsidio temático Nª 1 de la colección “Hacia el encuentro nacional de catequistas – ENAC 2005” editado por la Junta Nacional de Catequesis.